¡Guillermo Tell (vivió) en Cuba!
Él era un guajiro bastante distinto a sus otros nueve hermanos y distinto también por sus gustos y preferencias a todos los demás habitantes de aquel perdido pueblo en el interior de la isla. No fumaba ni tabaco ni cigarrillos; detestaba las peleas de gallos y tampoco pescaba en el río o cazaba guineas en el monte, pues era muy amante de los animales. Además por si fuera poco, era un sediento lector de cuanta cosa caía en sus manos, enciclopedias, comics, revistas y libros de aventuras, sus preferidos, donde sus fantasías echaban a volar y lo transportaban a los más remotos parajes, junto a héroes como Robín Hood. Así fue que conoció de aquel valiente hombre y de su infalible ballesta.
A la casa llegó un día un buhonero con dos mulas atestadas de mercancías. Ollas, palanganas y jarros de aluminio y esmalte, cuchillos, tijeras, agujas de coser y carreteles de hilos de colores alternaban con pitos y matracas de madera, bolas, pelotas de hule, trompos y un sinfín de tarecos inimaginables.
Abuelo compró para él un jarro grande para tomar agua recién sacada del pozo y otro jarro más de esmalte para hacer el café de la madrugada. Abuela compro hilos y agujas para remendar medias y fondillos desgastados de los pantalones de montar a caballo -sin montura- de su casi decena de hijos.
Aquel guajirito inquieto, con su mente repleta de ilusiones se acercó al vendedor. Le dio la vuelta a las mulas escudriñando toda la mercancía con detenimiento.
— ¿Qué le vendemos al joven?, preguntó el buhonero.
Pero él, inmutable, seguía buscando algo que aplacara su insaciable sed de fantasías.
— ¿Todo esto está en venta?, preguntó con cautela.
— Pues sí señor, aquí todo es bueno, bonito y barato, se lo dice Liberato, el que mejor y más vende en to´esta zona.
— ¿Cuánto vale el riflecito ese…?
— Pos… mire joven que eso es lo uniquito que no puedo vender. Esa es una herramienta de seguridá pa’ los caminos.
— ¿Y si lo fuera a vender, por ejemplo, en cuánto lo vendería?
— Ese fusil calibre 22 me costó quince pesos en Camagüey. Es marca Gecado, americano, es bueno, fijo y seguro. Se lo dice Liberato, el que vende barato. Pero eso, joven, no, no lo vendo.
— Bueno, le doy veinticinco pesos por el fusil.
— La verdad es que yo no lo vendería, es para alejar a los de malas intenciones en el camino real. Saben que Liberato, el que más vende en to´esta zona, siempre tiene cosas…
— Liberato, a lo que puedo llegar es a veintisiete pesos. No tengo más …
— Bueno, lo voy a hacer por su padre que es uno de mis buenos clientes. Ya está. Venga la plata y coja el fusilito. Le voy a dejar una cajita de balas pa´ que me la pague más adelante.
Con cincuenta balas calibre 0.22 en el bolsillo del pantalón y el rifle al hombro se fue entusiasmado el muchacho a probar su tino y puntería en los alrededores de la casa. Él disparó una y otra vez a cuanta cosa consideró merecedora de un buen disparo aquel día.
Atrás de la casa se hizo cotidiano el sonido de disparos en las tardes, en un improvisado campo de tiro, aquel guajirito quinceañero maduraba en su mente la idea de emular al legendario hombre de la ballesta de apellido Tell. Cuando ya tuvo el tino suficiente después de haber gastado varias cajas de balas traídas semanalmente por Liberato, él llamo a su hermano menor Leovigildo y le dijo:
— Te voy a dar veinte centavos si te paras con este frasquito de yodo vacío en la cabeza.
— ¿Tú me vas a dar veinte centavos? ¿Y qué tengo que hacer?, preguntó su hermano Leovigildo mordiendo una tetera vieja de goma blanquecina.
— Te paras sin moverte debajo de esta mata de mango con el pomito en la cabeza. Y no te muevas ehh….
Leovigildo entusiasmado corrió a su posición con su mente puesta en adquirir veinte centavos del modo más fácil que había conocido en su corta edad de seis años.
Serio y altivo, con el fusil al hombro contó aquel guajirito veinte pasos desde el tronco del mango, se detuvo, respiro profundamente. Puso una bala en la recámara y empujo el cerrojo para activar el gatillo.
Con la vista fija en la mira fue bajando poco a poco el cañón desde lo alto hasta encontrar a veinte pasos de distancia la cabeza de su hermano… Subió un poco más y divisó el pomito de cristal brillando al sol. Centra el objetivo. Contiene la respiración y cuando el frasco estuvo encuadrado apretó suavemente el gatillo.
¡¡¡PUMMM…!!!
El pequeño envase de yodo tocado en su centro por la certera bala salto hecho polvos por el aire. Mientras, una fina capa de fragmentos de vidrio cubría el sitio donde antes estuvo el frasco en el pelo de su rubio hermanito.
Cuando aquel guajirito inocente, en plenitud del éxtasis, bajó orgulloso su fusil, su hermanito Leovigildo vino corriendo con la mano extendida gritando…
— ¡Dame mi peseta, dame mi peseta!, mientras un fino hilillo de yodo se escurría entre sus cejas como señalando aquello que pudo ser y por suerte no fue…
Nota Aclaratoria: Esta historia es una adaptación del cuento “Guillermo Tell en Jobabo”, del escritor cubano Roberto A. Rodríguez G.
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