Cuba, un país olvidado

La revolución cubana una vez inspiró el mundo, pero el estancamiento político la ha dejado pobre, hambrienta y aislada.
Quiero presentarles hoy un artículo de Stephen Kinzer, aparecido en The Guardian. Para la mayoría de los que nacieron en la dichosa isla el artículo no dice o cuenta nada que ya no sepamos. Sin embargo, me gusta la manera en que este señor resume y explica en que se han convertido todas las metáforas cubanas.
Cuba, país olvidado (Forgotten Cuba)
Por Stephen Kinzer, The Guardian, Londres 7 de enero del 2010La semana pasada, unos dos mil cubanos se congregaron en la plaza aledaña a la misión diplomática estadounidense en La Habana para esperar el aniversario 51 de la revolución de Fidel Castro. Bailaban al compás de música salsa amplificada, y apenas prestaron atención cuando un hombre trató de entusiasmarles desde la tarima gritando: “¡Viva Fidel! ¡Viva Raúl! ¡Viva la Revolución!”.
Una gran diferencia respecto de los días cuando enormes multitudes se reunían para escuchar a Fidel Castro lanzar sus largas diatribas contra el imperialismo y prometer al pueblo un futuro glorioso. Hoy Castro es un anciano frágil y retirado de la vista pública. Su hermano mayor, Raúl, no se apareció tampoco para el aniversario este año. La esclerótica inmovilidad de los dos hermanos refleja de manera ideal el colapso de las esperanzas que define hoy a Cuba.
Vestigios de entusiasmo revolucionario sobrevivían en la década de los 80, la última vez que visité la isla. Millones de personas habían perdido la fe en la promesa del comunismo caribeño, pero otros millones aún se aferraban a ella. Hoy día los verdaderos creyentes son difíciles de encontrar. Las personas con quienes me reuní me dijeron que hubo una ráfaga de esperanza hace dos años, cuando Fidel se retiró de la política activa y entregó a su hermano el control del régimen. Pero la vida de hoy sigue siendo muy semejante a la de antes, y la isla se ha sumido en una paralizante lasitud. “En estos días nuestros sueños se limitan a encontrar suficiente comida para nuestras familias y a tener un techo sobre la cabeza”, suspiraba un hombre.
¿Quién hubiera imaginado que Cuba se convertiría en importador de alimentos, incluso de azúcar, nada menos que de los Estados Unidos?
¿O que toda una generación de cubanos —los nacidos en la primera mitad de los 90, cuando el fin de los subsidios soviéticos generalizó el hambre en la isla— nacerían malnutridos y crecerían menos que sus antecesores?
¿O que la tasa de natalidad se desplomaría, dejando la perspectiva de una población envejecida y sin una fuerza laboral que la respalde en la tercera edad?
¿O que la mayoría de los alimentos se venderían en moneda dura, inasequible para la mayoría de los cubanos?
¿O que la pesca estaría prohibida, debido a que el régimen teme que cualquiera que tenga un bote ponga proa a la Florida?
¿O que el país al que los americanos trataran como un gigantesco burdel, un foco de degradación que Castro se dispuso a erradicar, volvería a ser el principal destino del hemisferio para el turismo sexual?
La tragedia de Cuba es diferente de la que envuelve a países cercanos como Haití u Honduras. Este país cuenta con los recursos humanos y naturales para ser feliz y próspero. Lo que le bloquea el camino es la obstinada insistencia del régimen en que la empresa privada es despreciable por naturaleza.
“Tenemos tres éxitos: la educación, la salud y la igualdad social”, me decía un cubano. “Y tenemos tres grandes problemas: el desayuno, el almuerzo y la comida”. Otro lo expuso de manera más directa. “En 51 años de revolución, no hemos aprendido que la agricultura es lo que mantiene vivo a un país”.
La mayoría de los cubanos están desesperados por trabajar, pero vastas superficies de tierra se mantienen ociosas. Si se permitiera sembrar y vender las cosechas libremente , el país podría volver a autoabastecerse de alimentos. Para el régimen, sin embargo, esto sería una grave capitulación histórica. Mejor dejar que la nación se consuma, antes que comprometer el principio de que el Estado tiene que controlarlo todo.
¿Qué depara el futuro para esta isla venida a menos? Mientras el presidente Obama enfrenta desafíos más apremiantes, es improbable un cambio rápido en la política estadounidense de aislar a Cuba. Tampoco espera nadie aquí una transición a la democracia después que los hermanos Castro mueran. Hay pocas posibilidades de que puedan surgir un Mandela, un Havel o un Walesa.
Las Fuerzas Armadas probablemente seguirán siendo la institución dominante en Cuba. Permitirán una apertura dirigida, y se asociarán con los inversores extranjeros —entre ellos los cubanoestadounidenses— en una variedad de empresas mixtas. El turismo florecerá. Habrá espacio para la empresa privada. Dentro de una década, Cuba será un lugar mejor de lo que es ahora. Sin embargo, todavía distará mucho de realizar su inmenso potencial. Y a pocos fuera de la isla les importará, porque Cuba, que antes fue un país fuerte y pujante, cuya revolución inspiró al mundo, ha terminado siendo un país pobre e insignificante.
Traducción: Rolando Cartaya.- Penúltimos Días